La cosa nostra: MUDANZAS

387 | Martin Myers> Informes, La Cosa Nostra

De un tiempo a esta parte, los más esclarecidos científicos del primer mundo han sumado sus aventajadas inteligencias y los más sofisticados métodos de investigación con el altruista objetivo de acercar al ciudadano corriente una serie de descubrimientos tan pedestres como insípidos.

Hace unos días, escuchando la radio, me vengo a enterar que –según estudios de una afamada universidad USAmericana- las mudanzas constituyen una inagotable fuente de estrés para un altísimo porcentaje de personas… ¡Y yo que creía que las ganas de salir a estrangular gente cada vez que me toca empacar mi vida y cambiarla de sitio era algún tipo de psicopatía congénita!

Hace más de una década que vivo en la Plata, y durante todo ese tiempo me he mudado unas cinco veces, lo que arroja el escalofriante promedio de una mudanza cada dos años. Bastaría añadir a eso las presiones laborales, los índices inflacionarios en constante alza, la eventual pérdida de un ser querido, y el consumo masivo de drogas sociales para despertar profundas sospechas sobre mi estabilidad psíquica y emocional. Podemos añadir el dato no menor de que llevo amasijada una pequeña fortuna en alquileres a lo largo de esos ciento y tantos meses, y hasta resulta extraño que aún permanezca con vida.

A contrapelo de lo que puedan pensar los nacidos y criados, cuya limitada experiencia de campo los impulsa a entender el acto de mudarse como un simple traslado de un punto a otro, el trauma del desarraigo habitacional perdura todavía más allá de la consecuente redistribución de muebles y enseres. Una mudanza es mucho más que un evento que viene a trastocarnos la vida a lo largo y a lo ancho de los dos o tres meses que nos toma dar con un nuevo departamento, lidiar con la burocracia pertinente para firmar el contrato, empaquetar nuestras cosas y trasladarlas a la nueva vivienda. No consiste únicamente en desembolsar hasta el último céntimo para saciar el apetito voraz de los agentes inmobiliarios, o perder mañanas completas batallando a brazo partido contra la impavidez de las empresas prestadoras de servicios y sus empleados que sonríen como idiotas e hilvanan coartadas endebles como paliativo a nuestra desesperación de llevar semanas bañándonos en lo de un amigo, vegetando a la luz de las velas y comiendo de delivery. No alcanza con definir que lugar ocupará la biblioteca, el sillón y la tele –casi hermanos siameses- o la ubicación definitiva de la heladera. Se equivocan los que interpretan que una mudanza se concreta en el preciso instante en que el último cachivache ha sido emplazado según los dictámenes atávicos del Feng Shui, libre al fin de su encierro de papel periódico. ¡No, señores¡ todavía queda un largo tramo por recorrer… quizá el más arduo.

Una vez instalados, la flamante vivienda comenzará a manifestar paulatinamente sus matices personales, su idiosincrasia inanimada, esos pequeños detalles que la diferencian de todas las demás y con los que tendremos que aprender a convivir. Se necesita invertir grandes dosis de paciencia para desentrañar los secretos que esta nueva morada reserva para nosotros. Es menester una concienzuda preparación física y mental para soportar con gallardía las jornadas póstumas al evento per se… Noches y más noches de helarse hasta los huesos, blasfemando en lenguas extrañas ante la imposibilidad de dar con el truco que nos permita encender el calefactor. Inodoros súbitamente regurgitantes, cerraduras mañosas e insurrectas, enchufes disfuncionales y el más inepto de los plomeros, que acertó a colocar el grifo del agua fría donde debía estar la caliente (y viceversa). Podrían transcurrir meses enteros antes de que logremos darnos una ducha como la gente, porque es más fácil clavar el tresmiltrescientostreintaytres a la cabeza de la quiniela nocturna de Montevideo que regular un calefón en su temperatura óptima. Fallaremos unas cien veces en el intento de cocinar una tarta, hasta concebir un recurso de fuerza mayor para asegurar la tapa del horno, evitando que la cena salga quemada de un lado y cruda del otro. Se agotarán nuestros recursos difamatorios inventando insultos extravagantes con que celebrar la memoria de las madres de los antiguos inquilinos, que nos dejaron un pegote amorfo e irreductible en el piso de la habitación, la persiana chanfleada para un costado, toneladas de mugre desparramadas por doquier, y la simpática leyenda ‘pocha te amo’ escrita con fibrón indeleble en el espejo del baño.

Superadas estas contingencias –o a veces en simultáneo- iremos descubriendo al grupo humano que nos rodea, ese as en la manga que los dioses se reservan para ganarnos de mano en el instante exacto en que pensamos que nuestra vida no puede ser peor. Hay que estar atentos y no dejarse engañar, porque hasta el más amable de los vecinos es un potencial cultor del heavy metal dispuesto a repasar a las tres de la mañana –a todo volumen y con arreglos corales de su autoría- los grandes éxitos de Cannibal Corpse, o una futura vieja amargada que se queje ante el consorcio por los pelos que nuestro perro riega en el ascensor, y hasta podría darse el caso de que la simpática muchachita del cuarto B termine poniéndonos los genitales en compota de tanto tocarnos el timbre –compungida- para preguntar si nosotros tenemos tele, todos los días a la hora de la novela. No faltará jamás el guitarrero de oficio, las tres minitas que viven solas, el que fuma en el ascensor (y para colmo lo deja con la puerta abierta en el noveno piso), la que elije el día previo a nuestro parcial para dedicarse a garchar en stereo con la ventana de la habitación abierta… y un grupito de energúmenos dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de revolcarse con alguna de las tres minitas que viven solas.

Conforme el tiempo avance, la necesidad de habituarse a un nuevo espacio se irá expandiendo territorialmente, como los círculos concéntricos que forma un cascote al ser arrojado en las profundidades del lago de Parque Saavedra. El odio visceral al infradotado sujeto que dedica sus tardes a martillar la única pared que tenemos en común dará paso a un nuevo rencor, esta vez apuntado a la legión de obreros que se afanan en la construcción de un edificio próximo, y se trasladará luego al quiosquero de la esquina que insiste en darnos un caramelo masticable con la excusa de no tener jamás una moneda de diez centavos. Una vez resignados a tamaño atropello, nos tocará descubrir que el carnicero de este barrió es todavía más usurero y menos higiénico que el del barrio anterior, que los gerentes del nuevo supermercado chino de la cuadra han logrado superar a los del supermercado chino que dejamos atrás a la hora de fingir su nula comprensión del idioma castellano, y que los mocosos indómitos del colegio que teníamos a la vuelta del otro departamento eran unas blancas palomitas en comparación con los abortos de Satán que toman el mismo colectivo que, ahora, tenemos que abordar cada mañana para ir a trabajar. Será menester el que respiremos bien hondo y contemos hasta diez, con tal de no colgarnos de las carótidas del nuevo infeliz que se supone poseedor del más agudo ingenio toda vez que nos ve transitar frente a su verdulería, y se despacha con un ‘¡colorado el dieciséis!’. Habrá que atragantarse de bilis para enfrentar el hecho de que este barrio alberga a las más hercúleas y crocantes cucarachas que hayan pisado esta buena tierra de dios, todas ellas sindicadas en esta casa que después de tanto años de albergarnos entre sus vetustos muros todavía no nos dispensa la satisfacción de concedernos un mes (¡un mísero mes¡) de tregua, sin tener que desembolsar buena parte de nuestros magros ingresos para remendar alguno de sus nuevos e insospechados desperfectos.

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